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Raquel Tibol
Diego Rivera Gran Ilustrador
Raquel Tibol (Editorial RM, 2008)
Por Elba Longawa
En este extraordinario volumen, el lector podrá palpar y respirar vívidamente la magnificencia de 50 años de creación artística del immortal Diego Rivera. Tibol describe en detalle la trayectoria artística y personal de Rivera, iniciando con sus primeros estudios sobre arte en la Escuela Nacional de Bellas Artes en México, su viaje de más de 15 años por el Viejo Continente, su incursión dentro del Cubismo y concluyendo con su regreso a México por los años 20’s, incluyendo una extraordinaria colección ilustrativa de las obras que marcan la era de Diego Rivera.
El legado artístico de Rivera, compuesto por más de 3,157 piezas se puede admirar alrededor del mundo, para ello Tibol presenta su estudio en tres grandes grupos: Primero, la vida en el campo, mercados, fiestas y lugares de trabajo. Segundo, bosquejos. Y tercero, el diseño de murales.
La obra de ilustraciones y diseño de Diego Rivera se aprecia en revistas, carteles, libros y murales y en la “espritualidad del nacionalismo y la vida rural”. En este texto Tibol se enfoca en el área de ilustración y diseño gráfico y de la participación del maestro Rivera en revistas como Krasnaya Niva (Campo Rojo) Savia Moderna de 1906 hasta la revista Siempre de los años 50’s. Periódicos como El Machete, libros como El Soldado Desconocido, El Indio y la serie de historias sobre Fermín, que habla de la vida de los niños que sufren solos y que son invisibles para los demás, con el cual el artista se identifica, ya que siempre conisderó a si mismo como un adulto robusto y juguetón con alma de niño. Asimismo, gran parte del contenido de este compendio refleja la fuerza creativa de Diego Rivera plasmada en sus carteles políticos, revolucionarios, impregados con imágenes de dolor, tradiciones, superticiones, religiosidad, sangre y belleza que reflejan el folkclor y las múltiples idiosincracias de los pueblos y sus gentes que Diego Rivera eligió como inpiración y que la autora ejemplifica acertadamente.
De principio a fin la autora logra mantener el interés insaciable de admirar de cerca la grandeza creativa y el espirtu apasionado, espontáneo, e indomable del Gran Ilustrador, aludiendo a la única manera en que Diego Rivera calmaba su dolor, dibujando o pintando y su forma tan impactante de expresarse tal como sucedió el 14 de Julio de 1954, cuando al finalizar la ceremonia de cremación de los restos de Frida Kahlo, Rivera comenzó a dibujar los restos de Frida, con líneas rápidas y suaves para preservar la última imagen física de su amada y como un acto de amor supremo, significativo e iremplazable.








